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Empieza hoy, y entiende qué estás haciendo · capítulo 1.1 · módulo 3 de 7

Relajarte no es el objetivo, y confundirlo te hace abandonar

7 min de lectura · sin audio

Casi todo el mundo llega a meditar buscando calma. Es una razón legítima para empezar y una trampa para continuar, porque convierte cada sesión en un examen que puedes suspender. Este módulo trata de por qué, y de qué poner en su lugar.

Vamos con la trampa de entrada, que es probablemente la que más gente saca de esto en el primer mes.

Llegas a la meditación porque quieres estar más tranquilo. Perfecto. Te sientas con esa intención. Y sin darte cuenta acabas de convertir la sesión en una prueba con dos resultados: si terminas más calmado, funcionó; si terminas igual o peor, no funcionó, y probablemente lo estás haciendo mal.

El problema no es querer estar más tranquilo. El problema es haber puesto la calma dentro del ejercicio, como criterio de si lo hiciste bien.

La paradoja, en una frase

Meditar para relajarte introduce en la sesión exactamente lo que estorba: un objetivo que hay que alcanzar, y por tanto una vigilancia constante de si lo estás alcanzando.

Míralo desde dentro. Estás sentado, respirando, y hay una parte de ti comprobando cada tanto: «¿estoy más tranquilo ya?». Esa comprobación es una tarea. Y mientras compruebas, estás midiendo en vez de estar. Es la misma razón por la que mirar el reloj no acelera el tiempo y contar ovejas mantiene despierto a mucha gente: el mecanismo que vigila el resultado es incompatible con el resultado.

Y hay una segunda vuelta, más incómoda. Si en la sesión aparece inquietud, y tu criterio de éxito es la calma, la inquietud pasa a ser una mala noticia. Así que ahora estás inquieto por estar inquieto. La expectativa no solo no ayudó: añadió una capa.

Esto no lo estamos inventando nosotros

Conviene señalar que la advertencia es vieja y está por escrito en la tradición más documentada del mundo occidental sobre esto.

La guía autorizada del currículo MBSR, publicada en 2017 por el centro de mindfulness de la Universidad de Massachusetts, instruye explícitamente a quien enseña que no se practique con la meta de llegar a ningún estado en particular, y menciona el estar relajado como uno de esos estados que no hay que perseguir. Es una instrucción metodológica dirigida a instructores, no una promesa sobre lo que te va a pasar.

La citamos por atribución y no reproducimos su material: es un documento con propiedad declarada. Lo que nos interesa es el dato en sí, que el programa de meditación más estudiado del mundo considera que perseguir la relajación es un error de método, no un objetivo tímido.

Entonces, ¿la meditación relaja o no?

Aquí este curso se va a poner pesado con una distinción, y va a ser así durante los diez capítulos: una cosa es lo que puede ocurrir y otra es lo que se persigue.

Mucha gente termina algunas sesiones más asentada de lo que empezó. No es raro y no lo negamos. Lo que decimos es que eso es un efecto secundario que a veces aparece y a veces no, y que en cuanto lo pones como meta empiezas a estropearlo.

Sobre qué efectos están medidos, con qué calidad y por quién, hay una parte entera de este curso más adelante, con nombres y cifras. Aquí no toca, y por eso no vas a encontrar en este módulo ni un porcentaje ni un estudio. Si en la cara pública de un curso aparecen cifras de beneficios en el módulo tres, desconfía: te están vendiendo antes de enseñarte.

con la calma como metate sientas¿ya estoy calmado?si no: fracasési sí: hay que repetirlosin metate sientaste vas y vuelvesse acabaron los minutossesión completa
La columna de la izquierda tiene una salida por fracaso. La de la derecha no tiene ninguna.

Qué poner en el lugar del objetivo

Si quitamos la calma como criterio, hace falta poner algo, porque nadie sostiene un hábito sin saber qué cuenta como haberlo hecho.

Lo que proponemos es un criterio que no puedes fallar por dentro: la sesión salió bien si te sentaste el tiempo que dijiste que te ibas a sentar. Punto.

Fíjate en lo que hace ese criterio. Depende solo de algo que sí controlas, y por tanto no puede convertirse en una prueba sobre tu carácter. Una sesión agitada de diez minutos cuenta exactamente igual que una plácida de diez minutos. Y como cuenta igual, mañana te vuelves a sentar.

Además es un criterio honesto: es literalmente lo único que hiciste. Lo demás pasó.

La versión de esto que aparece en la vida real

Hay un caso que conviene anticipar, porque llega tarde o temprano.

Un día estás mal. Ansioso, apretado, con el pecho cerrado. Y te sientas a meditar concretamente para que se te pase. Terminas los diez minutos y sigues igual. La conclusión inmediata es «esto no me sirve».

Lo que ocurrió es que usaste el ejercicio como un botón de apagado, y no es un botón de apagado. Eso no significa que no debas sentarte cuando estás mal. Significa que lo que puedes esperar de esos diez minutos no es que la sensación desaparezca, sino que pases un rato acompañándola de otra manera.

Y si estás muy mal, sentarte a solas con eso no siempre es la mejor idea. Hay un capítulo entero sobre cuándo la práctica no es lo indicado y qué hacer en su lugar. No es un aviso de trámite: forma parte del contenido.

«Entonces, ¿no puedo querer estar mejor?»

Es la objeción obvia, y merece una respuesta que no sea un juego de palabras.

Claro que puedes. De hecho, si no quisieras nada, no te habrías sentado. La distinción no es entre querer y no querer: es entre dónde vive ese deseo.

Fuera de la sesión, querer estar mejor es tu motivo y está perfecto. Es lo que hace que reserves diez minutos un martes en vez de mirar el teléfono. Dentro de la sesión, en cambio, ese mismo deseo se convierte en un supervisor que comprueba el avance, y ahí es donde estorba.

Una manera práctica de manejarlo: el deseo se deja en la puerta, igual que dejas el teléfono. No lo niegas ni lo combates. Simplemente, durante estos minutos, no tiene tarea que hacer.

Relajarse y regularse no son lo mismo

Hay una distinción que ordena bastante esta discusión y que casi nunca se hace.

Relajarse es bajar la activación: el cuerpo más suelto, la respiración más lenta, menos tensión. Es un estado, y como todo estado, va y viene.

Otra cosa distinta es lo que se suele llamar regularse: poder estar con algo desagradable sin que te arrastre. No implica que lo desagradable desaparezca. Implica que hay un poco más de espacio entre lo que sientes y lo que haces con ello.

Este curso va a ser cuidadoso con las dos palabras, y no va a prometerte ninguna de las dos como resultado. Pero la distinción importa para tu expectativa: si esperabas lo primero y lo que aparece es un poco de lo segundo, es fácil concluir que no pasó nada, cuando lo que pasó era otra cosa que ni siquiera estabas mirando.

Y también existe el caso contrario, que hay que nombrar: hay gente a la que sentarse en silencio la pone más nerviosa, no menos. No es que lo esté haciendo mal. Le pasa a bastante gente, tiene explicaciones y tiene alternativas, y las vemos cuando toque el capítulo de anclas.

El curso entero son diez partes, y los primeros módulos los lees sin cuenta — son estos. Con la cuenta, el curso completo, el diario, la respiración guiada y meditar acompañado de sonidos son gratis siempre. Lo único que se paga son las meditaciones guiadas que se componen para ti.

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