La palabra meditar se usa para dos actividades bastante distintas: sentarse un rato con un reloj, y prestar atención a lo que ya estabas haciendo. Conviene separarlas antes de que te encuentres con veinte técnicas y no sepas cuál de las dos te están enseñando.
Este módulo ordena vocabulario. Es el más corto de leer y el que más discusiones te va a ahorrar, porque casi todos los malentendidos sobre si alguien medita o no vienen de estar hablando de dos cosas con una sola palabra.
La práctica formal
Es la que te imaginas: reservas un rato, lo dedicas solo a esto, y no haces nada más mientras tanto.
Tiene tres rasgos que la definen. Tiene un principio y un final marcados, normalmente por un tiempo que decidiste antes. Tiene una postura, aunque sea sentarse en una silla. Y no tiene otra tarea encima: no estás además cocinando ni además yendo a un sitio.
Cinco minutos con el teléfono en modo avión cuentan como práctica formal. No hace falta un cojín, ni un rincón, ni incienso. La formalidad no está en el decorado, está en que ese rato no comparte función con nada.
Lo que la práctica formal te da y la otra no: condiciones estables. Cuando quitas casi todo lo demás, empiezas a notar cosas más finas, y sobre todo empiezas a notar antes que te fuiste. Es el laboratorio.
La práctica informal
Es traer la misma atención a algo que ibas a hacer de todas formas.
Vas caminando al trabajo y en lugar de ir repasando la reunión, notas los pies. Estás lavando los platos y notas el agua, la temperatura, el peso del plato. Estás esperando el ascensor y en vez de sacar el teléfono te quedas ahí, notando que estás esperando.
No dura un tiempo fijado, no tiene postura, y no reserva un hueco en tu día porque se monta encima de algo que ya estaba.
Lo que la informal te da y la formal no: frecuencia y contexto real. Puedes hacerla diez veces en un día, y la haces justo en las situaciones donde luego te gustaría notar las cosas, que no es sentado en silencio sino discutiendo, apurado o cansado.
Por qué no se puede elegir solo una
La tentación es quedarse con la informal, porque no cuesta tiempo. Y es una tentación razonable, sobre todo si tu día está lleno.
El problema es que la informal es difícil de sostener sin la formal, y no por falta de voluntad, sino por una razón muy concreta: para acordarte de prestar atención mientras lavas los platos, primero tiene que ocurrírsete. Y lo que hace que se te ocurra es haber estado practicando ese mismo movimiento en condiciones donde no compite con nada.
Al revés también cojea. Si solo practicas formal, corres el riesgo de acabar con una habilidad que solo aparece en la silla, en silencio y con los ojos cerrados, que es exactamente donde menos falta hace.
Dicho eso, si hoy solo puedes hacer una, haz la que puedas. Este curso no va a proponerte un mínimo que no puedas cumplir.
Dos cosas que suelen confundirse con esto
Primera: estar concentrado en algo no es práctica informal. Cuando estás absorto programando o leyendo, tu atención está tomada por la tarea. Es un estado agradable y útil, pero no incluye la parte de notar que te fuiste, que es donde vive el ejercicio.
Segunda: escuchar una meditación guiada es práctica formal, no informal, aunque vaya en el teléfono y aunque estés tumbado. Reservaste el rato, no hay otra tarea encima y tiene principio y final. La guía cambia quién marca el camino, no la categoría.
Dónde encaja esto con lo que hace esta app
Vale la pena ser explícito, porque este curso vive dentro de un producto y eso hay que decirlo en voz alta y no en letra chica.
Lo que genera Stillova son sesiones de práctica formal: reservas unos minutos, hay una voz que acompaña, empieza y termina. Para la práctica informal no hace falta la app, y no vamos a inventar una función para que parezca que sí.
Así que cuando en los próximos capítulos veas una técnica, pregúntate a cuál de las dos pertenece. Casi todas las que se enseñan en formato de audio son formales. Las informales se enseñan con una frase y se practican solas.
Cuánto de cada una
La pregunta llega enseguida, así que vamos con una respuesta honesta: no existe una proporción demostrada. Cualquiera que te dé una fórmula exacta se la está inventando o la está heredando de la costumbre de su tradición.
Lo que sí se puede decir es lo que suele funcionar como punto de partida, y ofrecerlo como punto de partida y no como prescripción. Una práctica formal corta y diaria, del tamaño que puedas sostener aunque el día venga torcido, más una sola ancla informal elegida a propósito: una actividad concreta que ya haces todos los días y a la que le pones atención.
Elegir una sola ancla informal, y siempre la misma, tiene una ventaja práctica: el momento ya está fijado por tu rutina, así que no tienes que acordarte de acordarte. Lavarte los dientes sirve. El primer minuto del trayecto al trabajo, también.
Si el día se pone imposible y solo puedes hacer una cosa, la informal es la que sobrevive, porque no compite por tiempo. Es la razón principal por la que conviene tenerla instalada antes de que llegue la semana mala.
Y el malentendido de «meditar todo el día»
Con la práctica informal aparece un eslogan que conviene desactivar: la idea de que se puede vivir en estado meditativo permanente, o de que toda la vida puede ser una meditación.
Como aspiración poética se entiende. Como instrucción es inservible, y además desanima: si tu meta es estar atento todo el rato, vas a fallar todo el rato, y volvemos al problema de la sesión convertida en examen.
La práctica informal no es un estado continuo. Son momentos, y son cortos: treinta segundos notando el agua en las manos. Ocho de esos en un día es mucho. Ese es el tamaño real de la cosa, y decirlo evita que te midas contra una meta que nadie cumple.